Lo habíamos ganado en una kermesse. Si, en una kermesse. Creo que había que tirar unas argollas a la distancia y embocarle a unas botellas y de premio, un pollito.
Le pusimos Gregorio, un gallo bataraz que pastaba en el fondo y que fue creciendo bastante rápido hasta convertirse en un bicho de tamaño considerable.
Pero lo que tenía de grande lo tenía de compañero. Primero, empezó siguiendo a Mamá a colgar la ropa y al tiempo ya tomaba mate con el Barba. Si, no. El gallo no tomaba mate porque eso hubiese sido muy gracioso (te imaginás el gallo prendido de la bombilla, haciendo ruidito?), el gallo se le paraba en el hombro o en el respaldo de la reposera al Barba cuando tomaba mate. Cual guacamayo, quedaba posado ahí mirando para un lado y el otro. Cual guacamayo mudo, porque los gallos no hablan. Se limitan a cacarear de madrugada, pero este ni cacareaba, porque el barba lo madrugaba. Literalmente, se levantaba antes y el gallo no podía creer. El gallo andaba todo el día con sueño, porque lo levantaban muy temprano.
Gregorio era una mascota muy buena. Obediente (bastaba decirle Gergorio echate ahí que el bicho se echaba, moviendo la cola), entendía todo.
Pero un buen día se desquició. No se si se agarró rabia o qué (está rabioso ese gallo). una tarde, se sentó el Barba a tomar mate y no se como ni porqué Gregorio lo atacó.
El Barba se prendió fuego. Se paró de un salto, salió volando mate, termo y bombilla, y al grito de “que me atacás gallo de mierda” le quebró el pescuezo en el acto……….
Estuvo buenazo el puchero.
—Fin

